en
la que está trabada la realidad. No podemos concebir
ninguna
cosa real más que bajo las condiciones espacio temporales Ernst
cassier
Cuando hablamos de educación, necesariamente nos
remitimos a los griegos, a su concepción del mundo, a la manera de explicar la
naturaleza de las cosas. Los griegos tenían un sentido filosófico de lo
universal. La relación con sus dioses, las formas que inquietaban a los
escultores, la pintura, la filosofía, en todas ellas, siempre aparecía la
pregunta por el hombre. Ya Heráclito decía: el logos es tan común a la esencia
del espíritu como la ley lo es a la ciudad. La Ilíada y la Odisea reflejan el
universo educativo y social de la Grecia arcaica. Por eso la historia de la
educación del hombre, los ideales que la sustentan, no fueron ajenos a la
literatura que refleja las estructuras de poder de cada época. Y muy bien nos
lo deja ver Werner Jaeger en su libro Paideia:
los ideales de la cultura griega cuando empieza su texto diciendo:
“Todo pueblo que alcanza un cierto grado
de desarrollo se halla naturalmente inclinado a practicar la educación….La
educación es el principio mediante el cual la comunidad humana conserva y
transmite su peculiaridad física y espiritual. Con el cambio de las cosas
cambian los individuos”(1)
Vemos entonces que el elemento espacio temporal, una
época determinada, delimita las concepciones del mundo, la realidad inherente a
ese momento. Homero en la Ilíada y la Odisea, deja ver cómo el pueblo griego
valoraba al hombre por sus aptitudes, habilidades y fuerza; a esas excelencias
humanas las llamaban areté. Y a pesar de haber predominio guerrero en sus
acciones, en la areté estaba el sentido ético, que regía tanto la guerra como
la vida privada, existiendo determinadas normas de conducta ajenas al común de
los hombres.
Habilidades y méritos eran inseparables y la
conciencia de su valor se daba por el reconocimiento de la sociedad a la que
pertenecían, por la opinión que los semejantes tenían de ellos. En cambio el hombre
posterior a Homero pudo prescindir del reconocimiento exterior. La filosofía
después de Homero, sitúa la areté en la intimidad del hombre, enseña a
considerar el honor como reflejo del valor interno. Para Aristóteles la más
alta entrega a un ideal es la prueba de un amor propio enaltecido y agrega que
quien se siente impregnado de la propia estimación “preferiría vivir un año por
un fin noble, que una larga vida por nada”(2)
Podríamos preguntarnos qué nutre la fuerza educadora
de una época, ¿a qué aspira? Quiénes son los maestros que los educan, cuáles
sus virtudes. En la Ilíada, Fenix, el educador de Aquiles, le recuerda para qué
ha sido educado: “Para ambas cosas, para pronunciar palabras y para realizar
acciones” (3).
Glauco también
nos permite observar lo que pesa el decir del Otro en quien se cree. Cuando se
enfrenta a Diomedes, nombra a sus antepasados y le dice: “Hipóloco me engendró
y cuando me envió a Troya me insistió que luchara siempre para alcanzar el
precio más alto de la virtud humana y que fuera siempre entre todos el
primero”(4).
Algo parecido sucede con las sociedades modernas, pero
respecto a la era digital, era de la ciencia y la tecnología que hace indispensable
repensar la educación, su función. La educación no debe responder a una
psicología de masas, a la masificación de los ideales, esto no significa que
andemos como rueda suelta. La educación hace parte de un engranaje donde todas
las partes encajan como un rompecabezas. El mundo va a mil, los ideales son momentáneos, los jóvenes vuelan
en el ciberespacio. Lo único que permanece y los divierte es la tecnología.
¿Cómo aplicarla a la educación? Corresponde a los educadores alfabetizarse en
ella para instaurar el diálogo con los jóvenes, para avanzar desde la habilidad
en la tecnología al conocimiento, a la investigación, al arte, al juego, a la
escritura, a la música, a la danza como posibilidades creativas.
En nuestra época el ideal se sostiene en competencias
laborales, éxito, el poder por el poder, la acumulación de riquezas o de
conocimiento. La dignidad del ser humano se mide por su capacidad de consumo.
La sociedad moderna se afinca en el tener, no en la construcción de un lugar en
el mundo ni en el cuidado de sí, propio de los griegos. Ahora existe un cuidado
personal excesivo. Tampoco la hospitalidad y el arte, aunque este último fue
desvalorizado por los filósofos y en la actualidad no se le otorga el lugar que
requiere en la educación.
Y es que en la historia de los poderes se ha
desvirtuado el poder de la areté de la ambiente. De esta manera podemos
entender por qué la educación, los
medios de comunicación y las políticas públicas giran en torno a la economía. La
modernidad ha pasado del ser al tener como un poder que se autoriza a sí mismo
para pasar por encima de los intereses de la humanidad. Su propósito, la
acumulación de riqueza; no importa que los aerosoles, los pesticidas, los gases
tóxicos contaminen el medio ambiente El centro del universo no es el hombre, el
centro del universo actual, su ideal, es el consumo desenfrenado y carente de
una ética que se preocupe por los efectos nocivos de los desechos sólidos, de
los efectos del plomo, del mercurio sobre la salud, constituyéndose estos hecho
en un atentado contra los derechos humanos y una violencia visual, psicológica
y planetaria.
El Otro de la economía, de la política, de la
educación, determina el tipo de elección establecida en determinada época.
¿Cuál será el contexto social necesario para reencontrarnos con el humanismo,
cercano a los griegos.
Preguntarnos como lo hace Werner Jaeger sobre el
pueblo griego: por qué caminos los habrá conducido la sabiduría de sus mayores
y sus maestros desde los días de su infancia hasta el término de la madurez heroica.
Yo opto por preguntar: ¿qué le ofrecen los educadores y padres a los jóvenes
hoy?, ¿los ideales que detestaron y creyeron inútiles? ¿La escuela sí está
construida para la autonomía, la socialización, las ganas de vivir y el
disfrute? ¿La escuela consulta las disposiciones naturales de la primera
infancia? qué virtudes inculca?, ¿virtudes desprovistas del uso propiamente
moral?, ¿virtudes que valoran la singularidad? ¿Qué función cumple la escuela
actualmente?
¿La escuela crea espacios y habilidades para que el
sujeto se lidere a sí mismo como ser político y ético. ¿O la educación y la
economía de mercado se preocupan mayormente por lo cuantificable, por la razón
como fin y trabajan mínimamente el espíritu creativo, la expresión artística
que humaniza los actos? Para Cicerón el ideal griego de la educación, su
esfuerzo, era abrazar lo humano en su totalidad.
William Ospina, en Es
tarde para el hombre, hace alusión a los valores que fueron exaltados por
la humanidad durante siglos. Ideales como el vigor, la belleza, la salud, la
juventud, hoy sirven de señuelo para el consumo. Alcanzar la felicidad, el
éxito, ese es el discurso de la publicidad. Hay una pluralidad de ideales en
los que se quiere taponar la falta inherente a lo humano. Hay un culto a lo
intrascendente. Las normas de conductas que rigen tanto para los individuos
como para las ciudades están determinadas por los hilos del poder económico. Antes
la ciudad tenía sentido, la polis tenía sentido. El guerrero, el filósofo, el
matemático, el escultor, los dioses, tenían su valor en sí mismos. Ahora son
las multinacionales las que validan la existencia de los guerreros, de los
matemáticos, de los escultores; bajo su amparo el conocimiento, la industria la
ciencia.
Son también las multinacionales las que imponen
tiranías y desestabilizan gobiernos. Para ellas lo válido es el conocimiento
que les genera ganancias exorbitantes. El mundo de la educación siempre ha
desconocido la singularidad, aunque haya existido humanismo, pero hoy se mueve
en el campo de las ideas deshumanizadas, contadas excepciones. Por eso en la
educación, la inteligencia lógico-matemático-lingüístico tiraniza el derecho a
la diferencia. Y es que existen otras inteligencias que están en relación con
el cuerpo y con los afectos. Pensamiento, cuerpo, emociones, atraviesan lo
humano, tanto en lo consciente como en lo inconsciente, y convergen en la
socialización, en la creatividad, en las ideas, en los afectos por supuesto,
como maneras de sublimar la pulsión.
Para Winicott el niño tiene el trabajo de habitar su
cuerpo e integrarlo a la vida psíquica. Pero también tiene que invencionar un
espacio para existir, un espacio que no sea el de someterse a las condiciones
de lo que funciona como realidad exterior, ni tampoco replegarse en un espacio
íntimo, personal, de retirada. En este interjuego con el Otro de la cultura
construye su existencia, sus talentos y su manera de estar en el mundo.
El modelo desarrollista ha desvirtuado la función de
la educación, esta ha dejado de ser un fin para convertirse en un medio que
prepara en las competencias que requiere el sector productivo, desestimando el
potencial grande del área corporal y afectiva. La educación pasó de la
formación a la capacitación, siendo vulnerados los derechos fundamentales a una
educación integral. Es urgente un retorno al humanismo que fomente el cultivo
de los individuos como seres políticos y
singulares.
Una educación para la democracia solo es posible
cuando haya diálogo entre sector productivo y educación, en que competencias y
creación sobrepasen una visión reduccionista de lo humano, y eso requiere de
una visión del ser en la que se integre las inteligencias y las maneras
particulares de los aprendizajes.
La educación apenas empieza a incluir lo inconsciente,
la historia individual, las maneras tan personales de ubicarse en el mundo.
Somos como un iceberg, y la escuela solo apunta al sujeto de la conciencia.
Pero bajo esta capacidad de acción del sujeto de la conciencia, subyace el
sujeto del inconsciente, subyace lo pulsional que determina las actuaciones del
ser humano. Esto me lleva a preguntarme por las particularidades, por los
talentos.
Grecia era un pueblo talentoso que conjugaba pasiones,
perseverancia. Un pueblo que tenía convicciones y amaba la belleza en su amplio
sentido: un pueblo ético en el que ciudadano y polis se regían por normas de
respeto y convivencia. Un pueblo en el que ir contra el hospedaje desataba la
ira. Con esto no quiero decir que la cultura griega sea la panacea a nuestros
males, eso sería desconocer el esclavismo y el espíritu guerrera que los
poseía. Rescato las convicciones frente a unos ideales que se forjan desde la
educación y la polis, y que Homero nos permite visualizar en la Ilíada cuando
describe cómo Fenix educa a Aquiles. Lo prepara para la guerra y para la polis,
y como un Sócrates que valora las virtudes y las ideas, a través de la
mayéutica, conduce a Alcibiades al conocimiento de sí. Como vemos se necesita
hablar de singularidad.
¿Cuál es la concepción del mundo actual?, ¿cuál la
función de la educación, ¿cuál la manera de explicar la naturaleza de las
cosas? ¿Cuáles las aspiraciones de los hombres? ¿O los hombres actuales son seres
deprimidos y sin aspiraciones propias? Parece que regresar a la educación
humanista de la mano de la singularidad y de una posición ética y política se
hace un imposible en este universo fragmentado y devorador que no estima lo que
concierne a la esencia del hombre, no es por el hombre mismo por quien se
interesa la estructura económica. Los valores de la comunidad de hombres y
mujeres están permeados por las políticas y las necesidades del mercado. Su
elección profesional, no por las habilidades y destrezas más sobresalientes.
Las áreas humanísticas desechadas, no producen rendimientos económicos,
predomina la masificación educativa.
A lo largo de la historia han sido comunes las
exclusiones en el ámbito educativo, político y social. En Grecia la educación
solo era para la nobleza griega, siendo la Polis el espacio para la política y
la actividad pública de los ciudadanos libres. Solo Pericles, político, orador y estratega,
consiguió que en la Asamblea de la ciudad participaran los que no tuvieran
riqueza, accediendo a cargos públicos. Todos eran ciudadanos libres, obedientes
sólo a las leyes y respetuosos a sus dioses. Pericles instaura un gobierno en
el que convoca a que todos los ciudadanos a la democracia, a la participación de los ciudadanos
en las decisiones del estado.
En Latinoamérica las exclusiones han abierto una
brecha enorme entre ricos y pobres. La educación no es igual para todos, la
calidad es distinta en los colegios públicos y los privados. Ha habido una
educación para masas y una educación para las élites. Es necesario pensar una
sola calidad educativa. Es urgente que los jóvenes participen más en las
decisiones escolares, resistiéndose a las evaluaciones estandarizadas que no
consultan las inteligencias y las diferencias en los aprendizajes
significativos. Se exige a todos los estudiantes responder de igual manera a
las exigencias académicas y se califican las competencias no por intereses y
habilidades.
Y en este transcurrir de las épocas la literatura ha
recreado esas realidades históricas, las ha ridiculizado o criticado; no
obstante, las otras manifestaciones del arte han sentado su posición a través
de las obras de sus exponentes, pero nunca se ha hecho desde las aulas como
manifestación creativa que plasme y cuestione las realidades del país. En la
que los jóvenes expresen, en todas las formas del arte, eso que es imposible
decir con palabras. Sí, el literato, el
artista, tienen una función social, política y crítica; no desde lo
panfletario, sino desde la magia que tienen las palabras para recrear la
realidad, para cuestionar a través de la invención de mundos la paradójica
disyuntiva entre el ser, el hacer y el tener; lo que implica revaluar la
educación, centrándose en la socialización como posibilidad de incentivar el
ejercicio político y una función nueva, la creación en todas sus
manifestaciones del arte.
Todas las formas del arte se constituyen en archivo,
señalan el quehacer de un pueblo, su idiosincrasia. Es así como Raymond L.
Williams en Novela y Poder en Colombia, hace
alusión a lo que decía Carlos Fuentes: “La
gigantesca tarea de la literatura latinoamericana contemporánea ha consistido
en darle voz a los silencios de nuestra historia, en apropiarnos con palabras
nuevas de un antiguo pasado”(5)
Los literatos y las artes deberían tener un lugar en
la educación; pues la creación es la vía privilegiada por la que el inconsciente
le da una salida al empuje pulsional. La educación quiere domeñar lo indomable
con la norma, con las exigencias culturales. El arte en todas sus
manifestaciones puede ser una vía regia para sublimar en parte la pulsión, para
disminuir la violencia escolar, para que el niño y la niña se identifiquen con
eso que saben hacer bien, para que sean lo que les es posible ser y desde ahí
digan, cuestionen. La música, la danza, la gimnasia, la lúdica, el teatro, el
deporte, la pintura, todo lo lúdico deportivo, busca darle al cuerpo y a los
afectos y a la palabra el espacio que les corresponde en la educación.
Por eso no me es suficiente con que la literatura
tenga una posición política y crítica, sus críticas solo llegan a unos pocos.
Es necesario que todas las artes se tomen las aulas. Somos una sociedad de
iletrados. Los excluidos, poetas, artistas, andan con una lámpara como Diógenes
y su voz nunca es escuchada y si tiene eco es silenciada. Hay que arrebatarle a
la violencia nuestros niños y niñas, arrebatársela a través de la creación y la
incorporación del cuerpo y la palabra como socialización de la diferencia, de
lo que se tiene como diferencia.
Se requiere de cambios estructurales que validen una
verdadera democracia. Eso implica devolverle a la educación, a las comunidades
y a la política social su legitimidad, siendo la economía, no la que determina las
políticas sociales sino parte del
engranaje, del desarrollo de una Latinoamérica autónoma y consciente de que es
el corredor verde sobre el que otros países tienen puesto los ojos para la
supervivencia de la humanidad o para su explotación. Una Latinoamérica capaz de
hospedar a otros y a sus diferencias.
Y tal vez esto sea posible desde una pedagogía de la
inclusión y el disfrute, pero también desde los talentos, base fundamental para
que haya cambios estructurales en la educación y en la sociedad. Incluir el
talento en la educación es abrirles a niños, niñas y jóvenes, espacios para
ejercer la democracia como sujetos políticos capaces de decir sí o no frente a
lo que les ocurre. Seres políticos conocedores de sus capacidades y
destrezas.
En una verdadera democracia es posible hablar de
política, no como fuerza que subyuga o intimida. La política está del lado de
la acción particular, del discurso que permite que otros intervengan y
difieran. La verdadera política es el ejercicio de la palabra. La escuela es el
primer escenario de actuación pública en el que se suscitan conflictos y
negociaciones. Un lugar público de socialización como decía Freud. Agregaría,
socialización de los talentos.
Apostarle al descubrimiento, desarrollo y
potencialización de talentos es legitimar una propuesta educativa que rescate un
humanismo en las singularidades. Es abandonar el adiestramiento y retornar a la
formación como un todo integrado a la naturaleza; siendo además la educación en
talentos una opción que se verá reflejada en la economía, en la productividad,
estableciéndose una unidad entre vocación económica de ciudad y vocación
personal, porque un hombre que disfruta lo que hace es más productivo, comete
menos errores, está más satisfecho con su entorno, se cuida a sí mismo, a los
otros y al medio ambiente. Primero hay que convivir con uno mismo para hacerlo
con los demás y con la naturaleza.
Amar lo que se hace no requiere de verticalidades,
acepta la horizontalidad, la existencia de los otros para conformar equipos en
busca de objetivos comunes. Equipos en los que es posible concertar porque se
reconocen mutuamente los talentos. Así debería ser la educación del futuro. Que
pase de la masificación, de la identificación con los otros a la identificación
con lo propio, con un rasgo, con un talento. Nombrar las particularidades, las
maneras de desear y de gozar.
Una pedagogía de la inclusión y el disfrute es
una opción, aunque no totalmente
incluyente; tenemos nuestras preferencias y como el efecto Pigmalión, tiene sus
consecuencias. El único realmente incluyente es el inconsciente, él no hace
exclusiones, en él subsisten el amor y el odio, el sufrimiento y la alegría, lo
blanco y lo negro, es el tiempo sin tiempo.
Una pedagogía de la inclusión y el disfrute es la propuesta
que vengo trabajando, una propuesta que cuenta con lo inconsciente, con las
formas creativas particulares, sean estas en la investigación, en el arte, en
la escritura, en el emprendimiento económico, en la innovación. Es una
pedagogía que incluye el hacer y el tener porque cada quien tiene una manera
particular de existir que lo caracteriza y la función de la educación futura
estaría tal vez en descubrir, desarrollar y potenciar talentos para que cada
sujeto sea líder de sí mismo, no de otros.
CITAS
JAEGER WERNER, Paideia: Los Ideales de la Cultura
Griega. Mexico, Fondo de Cultura Económico de México, 1967, p. 3
(2)
Ibid. 29
(3)
Ibid. 24
(4)
Ibid. 24
(5)
RAYMOND L. WILLIAMS.Novela y poder
en Colombia 1844-1987.Bogotá, Tercer mundo editores, 1992, p.43
BIBLIOGRAFÍA
JAEGER WERNER, Paideia: Los Ideales de la Cultura
Griega. Mexico, Fondo de Cultura Económico de México, 1967
WILLIAM OSPINA, Es Tarde para el Hombre, Editorial
Norma, 1994
RAYMOND L. WILLIAMS. Novela y poder en Colombia
1844-1987, Colombia, Tercer Mundo editores, 1992
SIGMUND FREUD, Obras completas III, España, Editorial
Biblioteca Nueva, 1981
NASIO JUAN DAVID, Cómo Trabaja un psicoanalista,
México, Paidos Mexicana S. A. Psicología Profunda, 1996
GOLEMAN DANIEL, La Inteligencia Emocional. Buenos
Aires, 1996
JORGE BERNAL, Coordinador. Integración y Equidad.
Santafé de Bogotá. Tercer Mundo Editores, 1994
GADNER HOWARD, La Teoría de las Inteligencias
Múltiples, artículo 1987
EL ANTERIOR ENSAYO FUE PUBLICADO EN EL BOLETIN VIRTUAL 807, ISSN 2256-1536 DE FEBRERO 9 DE 2012 DE LA RED IBEROAMERICANA DE PEDAGOGÍA

