sábado, 16 de mayo de 2015

Una ciudad fantasma en la poética de Luis Hernando Guerra Tovar




“En la periferia arrastrando penas, lastres, bultos de sal, lonas de azufre”


Los ojos no logran ir más allá de la miseria eternizada en los escombros. El aire gris, el suelo gris, el cielo gris, polvareda y contaminación, mutilación y hambre. Solo chamizos, solo lodo como arcilla moldeando una ciudad fantasma. Nada verde, nada azul, tanta dolor desgarrando la piel, la magia, la vida.

La poesía de Luis Hernando Guerra Tovar es errancia, soledad, extravío. Dónde hundir las raíces que ya no están. Solo queda el delirio. Solo el asombro cuando “la ciudad cambia de nombre, se pierde con nosotros calle abajo”. Y el silencio incapaz de poner de nuevo un nombre a las cosas, a los hombres, se torna abismo, destierro; y el reloj deja de medir el tiempo, no hay horas para partir, campanas para conglomerar las risas de los hombres nutriendo las calles de voces blancas u oscuras, de pájaros soñantes.

Una niebla profunda se apodera del aire. ¿Dónde el cielo abierto, lleno de azul? ¿Dónde el anaranjado de las tardes de verano? Nada en pie, nada vuelve de los escombros. Solo la memoria de un día sin patria. La memoria, de un día antes y un día después, de nuevo el asombro, camina por las calles que no existen. Extraviado como la memoria, muda de calles, las que fueron y no están.

Un gris domina el horizonte. Ni columpios ni niños, desolación es lo que deja la muerte a su paso “un ángel de alas calcinadas señala un precipicio”. Queda el corazón petrificado como las lágrimas que se secan antes de caer sobre la lava compacta.

La poesía de Luis Hernando Guerra Tovar no puede evadir la historia personal, ella se escapa a través de los laberintos del ser como una impronta en la que se juega ese insondable océano de la subjetividad frente a experiencias extremas como la de Armero.


Su obra se mueve entre la brevedad y la sugerencia, entre la sensibilidad del ejercicio poético y una visión fugaz que luego se oculta, y es cuando se debe seguir sus huellas para comprender su intención, su profundidad. En pocas palabras nos traslada a ese río inagotable de la experiencia, en la que el miedo, el sueño, y el secreto tienen aristas insoportables que se silencian.

 Entonces“, no hay lugar ni deseo, ni sueño… alguien que indique en el mapa la palabra: acaso puerto, puente, tabla: tabula rasa. Tabla de salvación o condena”. Solo neblina. Y los muertos que marcharon con un secreto que los vivos compartían, callaron. ¿Por torpeza, costumbre, indiferencia? “¿El que acciona el gatillo del silencio qué oculto designio obedece?” pero todo regresa desde la fuga como un destino, como “un escombro sembrado en el patio de la infancia. Sus ramas olvidaron el origen, y la sombra es flor azul, en la desmemoria de los pájaros. Un escombro blanco como el silencio. Todos los días lo regamos con agua herida de tanto cielo”.

Todo se oscurece en un segundo, las calles de colores quedan en el recuerdo. El lodo toma la forma de los muertos. El fango se traga la ciudad, los nombres, las casas, los árboles, los niños. “Calles de todos los colores rumbo al abismo. Sin mirarnos avanzamos por la noche enfundados en gruesos abrigos de miedo” Nadie se parece a nadie, solo el miedo se parece a todos, lúgubre escena la del adiós.

Uno a uno fueron bajando al infierno sin distingo de estatura ni credo, resurgiendo también del infierno con ojos de ausencia, con lágrimas grises, con bocas grises, después de morder la miseria. Zombis con paso indeciso. En círculo, por un desierto tapizado de lava. Y así murieron las horas, luego la noche insondable, mortífera.

“Y después del viento vino el abismo y el subsuelo sin raíces…una cortina de bruma la sepulta, una mirada de infancia la reclama”. ¿Pero dónde encontrarla? La ciudad, incapaz de voces o ecos, no responde. Una oculta voz calla y nadie se rebela. El viento guarda un secreto, pero “nada dice el viento que lo sabe todo, porque nadie pregunta y todo calla”…Nadie ha preguntado al secreto su condición de ser, su voluntad de encierro, su triste realidad de exilio”.  

A dónde ir, en dónde quedarse, ninguna estrella que alumbre en la partida. Como si el día también fuera noche. “La noche nos prestó sus alas en la fuga por los espacios azules del sueño,  pero la luz de la vigilia nos hace de nuevo prisioneros, nos amputa el vuelo, nos llena la boca de silencios…El secreto no está solo. Conviven con él otras criaturas, comparten la sombra, las rejas del silencio”.

Todo grito lacerado, toda plegaria, todo oráculo desoído. El hombre se alimenta de sus huesos. ¿Quién nos acompaña en la hora aciaga? Taciturna latitud del hombre en las grietas del alma. Y es cuando en medio del horror una voz casi apagada, que se conduele de sí y de los otros, grita al destino, a los dioses, al viento, a nadie. Nadie escuchará su grito errante.

“Errante de todas las edades, de todos los insomnios, observa desde el fondo destellos de sombras, el rostro azul de la condena… sí, condenados a morir ¿importa el verdugo?”
Condenados a “caminar sin rumbo en lo profundo de uno mismo, escindido del milagro fragmentado e intentando regresar a la fuente de la dicha intacta”

En esos momentos, en que el horror lacera los ojos, ese paraíso precario era lo más cercano a la dicha; viene la pérdida, el duelo, y queda todo como detenido, y el asombro se vuelve a anidar en cualquier resquicio de la existencia, suspendido en el tiempo. “En el olvido…el abril de sueños y locuras. Todo, menos la palabra”. La palabra como un intento de bordear lo insoportable, lo ominoso que nos desborda.

Luis Hernando Guerra Tovar ha escogido esta vía, la de la palabra, la del poema, en un intento reiterativo de redimirse, de dejar sentada una protesta frente a la desidia de los gobernantes que saben lo que va a suceder, y sin embargo, permanecen indiferentes ante la tragedia que se avecina, ante la miseria que subyace en lo humano.

La sensibilidad de Luis Hernando Guerra Tovar retrata la hecatombe con imágenes que lo siguen acompañando, porque las ciudades que alguna vez fueron, se niegan al olvido, toman fuerza; aunque invisibles, tienen tentáculos que se arraigan en los sobrevivientes, nada queda igual después de la pérdida, solo el albedrío como transito obligado. Y esta opción queda expresa en su poema Albedríos, deja entrever como cada quien enfrenta sus fantasmas:
“De los escombros elige el que te guste. Solo tú sabes el color de tu miseria”.


                        María Helena Giraldo González 
                                             
Enlace: con-fabulación.blogspot.com  No  -370-  Postales desde ciudades insomnes

viernes, 3 de abril de 2015

Grávida tierra





La alberca


Ese sombrío presagio de la alberca es una sílaba que tarareo en los sueños, en el encuentro conmigo misma. La niebla atraviesa el viejo mercado, las calles empedradas y un violín de fondo viaja en la noche que soy.

El murmullo del viento en la niebla no me sirve de brújula.
Se fatigan mis labios, no hay fuego que caliente esta locura. No hay rostros conocidos cuando la muerte nos hiere. 

Una multitud acorralada en mi pesadilla, un mercader vendiendo un vino extraño; es mi sangre en la botella, mi sangre bebida mientras aprieto mis dientes.

Muerdo mis labios mientras repito tu nombre y el mercader de un solo ojo pasa su lengua de áspid por mi vientre, mientras la tarde obstinada se niega a morir y las cuerdas del violín suenan acompasadas por el laberinto de frías calles.

Bocas hambrientas me asaltan
Soy el instante malogrado en las manos del verdugo.
Soy tantos fuegos apagados, tantos ojos inertes, tantos rostros en la palidez de la muerte.

Me niego a morir cuando la neblina deja entrever tus muslos lozanos, como los del jovenzuelo que aun brilla en tus ojos.
Entonces me rebelo cuando el violín en tus labios tararea una sonata. Se rebela mi sangre y el mercader de un solo ojo se marcha.



El agua mide el tiempo


Afuera los aullidos de las fieras, adentro una réplica.
Aúlla sobre la roca oscura en la que afila sus garras reptilianas,
La luna se esconde en los pliegues de una nube.

Busca un beso que como los juegos de dados termina siendo azar
Que se feria a media noche.

Aturdidos los sentidos en el misterio del instante,
Sobre una clepsidra el agua mide el tiempo en un giro repetido de la rueda. Dando vueltas sobre la misma idea que no cede está ella.

Sí
Debe confesar que el silencio se abre como una herida
Supura el fétido aliento de una oscura figura que se repite como el andar nocturno de un gato que maúlla mientras todos duermen.

Sus ojos se niegan a ausentarse, los párpados se cierran y conspiran,
Un haz de luz los atraviesa. La fatiga del tiempo en la clepsidra hace que entorne la mirada, dentro y fuera de sí.

Unos pasos se acercan, otra mujer camina con sus pasos.
La que es ahora y la que ha sido se saludan con una cálida sonrisa.
Y de nuevo un haz de luz atraviesa la pupila.




La guerra


La guerra está en mis hombros, en mis dedos, en la palabra que callo. La guerra no se vive lejos de la casa, lejos del palpitar del barrio moribundo, tampoco fuera del corazón.

No quiero evadir el amor, ni la ciudad, ni estas punzadas de odio que alimentan los ríos de sangre que riegan mi cuerpo.

Sin embargo, me muerdo los labios cuando una lágrima agoniza en una rosa. La guerra nunca muere mientras el hombre exista.

La guerra se alimenta de mis pies, del locuaz orador que viene del sur.

Mientras la muerte salude la mañana, me mantendré despierta hasta la más alta hora de la noche como una extranjera al borde del placer o del horror.




Comuna Ocho


Si esta piel alcanzara para el resto del mundo
Si pudieran calzar esta piel y este agobio
Esta pesadez de las manos y el espíritu,
Comprenderían que el viento arrecia a la madrugada y devora la rosa.
Si habitaran esta piel mía,
Verían que los pozos están secos y tengo sed.
Que no hay tiempo para pensar, el abecedario que comulgo es el de abrir la alacena y contar los granos en el precario verbo de la subsistencia.
Si alcanzara esta piel para todos
Sabrían que estoy empezando a deletrear palabras
Aprendiendo a escribir y a leer,
Ahí sucumben mis sueños porque los hijos aguardan el pan en la mesa.
Si alcanzara esta piel sabrían que sumar y restar se parecen a la vida cotidiana,
Que dividir, se torna difícil, es un asunto de geografía y de ciudad.
Un asunto de salario y de matemáticas.
Si alcanzara esta piel para todos…




Gélida boca


Una extraña lámpara alumbra el recinto huérfano de luz,
no sé cómo decirle a la muerte que ya no va más el juego pactado en la infancia, me resisto al malevo caminar de sus pasos, a su voz de trueno en las noches más aciagas.

Cuando se acabe este dolor que no cabe en el cuerpo, enterraré una daga en su cuello, despedazaré su túnica, la mueca de alegría en su gélida boca.

Cuando el dolor se haya ido secaré las lágrimas que caen del árbol, de las ventanas cerradas como una larga letanía, parábola de iglesia y romerías, lacónico susurro que no agoniza.

El reloj tiene las horas que no queremos, anuncia el deceso; corta el hálito de vida, repite la escena en el cuerpo mortificado.

Cuando mis huesos anhelen la oscura fosa, y un leve signo de vida me alimente, tendrás que reconocer mi fiereza.

Y tal vez te preguntes por qué te empecinas en mi frágil humanidad que se sostiene en pie, sin saber cómo.

Antes de que se te antojé verme agonizando en medio de la sordidez del mundo, mis fieros ojos te desafiarán hasta el instante que ganes la última partida.

Entre tanto mis amigos más cercanos, los buitres, devorarán mi carroña de una sola dentellada.




Escritura muerta


La noche se abre, lentamente, para recibir el corazón de los dioses masacrados en un rito sin palabras, ese eslabón que sostiene la angustia del caído.

Ahora los hombres andan libres, pero no soportan el silencio de la soledad, el vacío de la libertad, se aferran a algún misterioso origen que los nombre.

Las cadenas se hacen hermosas por la costumbre, no hay que pensar ni incomodarse con uno mismo, solo guardar silencio sin lamentarse por los cráneos insepultos.

Arriesgarse al desamparo, ruta de laberintos y miedos, es caer en los abismos y en la sed. Se hace más cómodo repetir la escritura muerta, volver a morder el polvo de otros tiempos.

Mientras la cintura del mundo atraviesa mi pupila yo me pregunto si es cierto que hemos abandonado a los dioses, si es cierto que yo misma los he abandonado, o como todos, solo soy un maniquí al que se le cambia el atuendo.



Jazmín


Mi hermana bebía del silencio y caminaba como un jazmín roto por el aguacero, lánguida flor esperando la última bocanada de aire.

Ojos almendrados, lejos del croar de las ranas, olvidada del mundo, lejos de esa pequeña parcela de los sueños, lejos de los cucarrones y las canicas, de las moreras y los guamos.

Cenizo el día, aunque la tarde iluminada abría sus brazos de primavera.

Cuando una no acaba de irse, todo arrastra a los mismos lugares.
El cuerpo se reciente, oculta en los huesos la nostalgia. Una va entregando a la muerte sus delirios, la dulzaina de infancia.
La voz queda huérfana, y nada, nada, detiene la partida.

Pero no se sabe cómo se vuelve de las cenizas, cómo el aliento retorna al cuerpo con más brío.

Cuando dejamos ir lo que ya no es, cuando soltamos las riendas que nos atan al dolor y a la furia de los vientos, se aliviana el peso del cuerpo y el jazmín en flor se hace cálido fuego.



Grávida tierra

Ayer era otro día
Un día en que crecía la morera
El platanal doblaba su estatura
Otro día contemplando pájaros
Trazando figuras en la grávida tierra.

Otro día más gris o más azul
Lluvioso o cálido
No importó como amanecía
Recogía huevos en el gallinero
Amasaba la harina y con ojos de asombro
El azul insondable reía.

Era una chiquilla de ojos tristes
Abriendo surcos en los sueños improvisados
Haciendo figuras en el cielo
Como si inventara una nueva escritura
Para comunicarme con los gnomos
Esos seres de la nada
Que persisten en los sueños.

Arrastraba costales
Para dejarme caer liviana sobre la grama
Libre
Yendo a la velocidad de una estrella fugaz
Dando zancadas hasta alcanzar la luna
Que casi se prendía de mis dedos.
     
Todo me asombraba
Hasta mis ojos tristes me asombraban.

Y el silencio me hablaba en sus fonemas mudos
Deletreaba la escritura de las hojas del árbol de guamas
Y con una vara que volvía mágica
Medía las distancias entre el presente y el futuro.
La mudez del tiempo poblada de incendios y memoria

Recobraba del olvido esa pequeña franja de luz que nos visita
En el hambre oscura que hace gemir al día.

No todo fue música en el campo
La luna se perdía en las heladas noches, extraviado rumor
En que los pasos de la vida y la muerte se confunden,
Pero siempre la lejana espesura del verde follaje
Me devolvía la esperanza y la alegría.
Y entre juego y hambre, entre risas y asombro,
Ese hilo que zurcía tejiendo la alborada se hizo lumbre y luz de mayo.



No más

Sobre los mismos pasos ha vuelto muchas veces, sobre las heridas que no olvida.
En las desoladas noches las lágrimas caen y un olor a alcohol se precipita en el vacío,
Apenas empieza la aurora.

Limpia sus labios que todavía sangran.
No entiende como la furia de unas manos cortan la leche que amamanta la vida. 

El silencio es un luto que no sabe de palabras.
El silencio es el miedo que golpea sus carnes trémulas.

¿De qué sirve la memoria cuando se lleva a la espalda un grito que enmudece?
El tiempo detenido en un oscuro placer que no puede romper,
Qué necesita romper.

Recoge su dignidad del suelo, maldice su nacimiento y su presente,
Una sombra de infancia la persigue y en su garganta se atoran los recuerdos.
Esa mujer adulta lleva una niña indefensa,
Rota la inocencia.

Dentro de ella las mariposas son negras, vuelan en un círculo infernal que nadie detiene.
En un reloj un tic tac monótono como los azotes que permite.

Un destino sin primavera.
El invierno está en su cuerpo.

El árbol que habita tiene hojas secas. Una mujer danza en el espejo, otra que tiene sus ojos y su risa. La mira y no me encuentro, remiendo sus huesos, y de nuevo los rostros del miedo regresan.

Todas las horas son la misma hora, la de la pesadez y la impotencia.
¿Hasta cuándo soportara la incertidumbre?, de que todo golpe en la puerta intimide a su pequeña, a su pequeña que con hondo alarido gritan no más.

¿Cuándo renunciara a ese aturdimiento?
¿Cuándo se reconciliara con la mujer en el espejo?, y pueda decir no más.


Poemas con los que participé en el II Concurso Nacional de Poesía y Cuento de Asmedas. Me otorgaron una mención de honor.  


jueves, 26 de febrero de 2015

El corazón de las comunas


La ciudad contraste de comunas 



Ante la palabra comunas, cada quien construye imaginarios, pregunta, se responde, guarda silencio. No todas las comunas son iguales; hay comunas a las que se accede fácilmente, siendo la única preocupación de las personas los trancones y perder la paciencia, mientras se movilizan en sus carros, pues la infraestructura vial es pésima, propia de una ciudad mal diseñada. A pesar de este caos, estas comunas son afortunadas; en sus alrededores se levantan grandes teatros, el peatón cuenta con un espacio para caminar, ciclovías, espacios adecuados para eventos de cualquier tipo. Los domingos, la Avenida El Poblado es de uso exclusivo para los caminantes que salen con sus perros de todos los pelajes y razas o con sus hijos que aprenden a montar en bicicleta, mientras sus padres los siguen de cerca, atentos a sus movimientos de aprendices. Es una fiesta maravillosa para desestresarse del trabajo de la semana.




En el sur de la ciudad, en muchos de sus barrios y municipios cercanos, inclusive en otros barrios residenciales, se hace más respirable la ciudad, adornada de frondosos árboles. Sus habitantes, muchos de ellos, son profesionales, tanto hombres como mujeres, y pueden alcanzar un alto nivel de subsistencia.
En la medida que se avanza hacia el norte el paisaje se va tornando gris. Las montañas a lado y lado del río se convierten, como muchos dicen, en un extenso pesebre en el que pulula la miseria y que en las noches parecen estrellas iluminando la ciudad; cualquier extranjero que desconozca la realidad o un corazón romántico, al contemplarla en la distancia, puede sentir que es una experiencia indescriptible, y lo es, pero la alborada llega y la claridad del día nos pone de nuevo ante una ciudad que gime. Este contraste entre el norte y el sur, me recuerda la vez que visité Rocky Point en México: pasando la frontera de Arizona, apenas a unos minutos, descubría con asombro que estábamos en una ciudad cualquiera de Latinoamérica, en su periferia, en la miseria.






Somos ajenos al palpitar de la ciudad que despierta tímida entre el verde de las montañas. Ver desde la Comuna ocho, desde el colegio Joaquín Vallejo, la ciudad de Medellín, llena de edificios, no deja de ser un contraste de habitantes, de viviendas, de oportunidades, de comunas. Es como si dos ciudades se erigen en medio de alegrías y llanto; llenas de contradicciones y esperanza, de violencias que se adormecen y despiertan. Fronteras, no solo invisibles, fronteras de ubicación geográfica y laboral.



Mujeres que buscan otros caminos

En las comunas de la periferia las mujeres que van a trabajar se despiertan muy temprano. Todos los días, a las cuatro de la mañana o faltando un cuarto para las cinco, abandonan a los hijos pequeños, a los hijos adolescentes, los dejan a su libre albedrio, porque no hay quien se quede con ellos, a no ser una vecina que les eche ojito de vez en cuando. Entonces se descuelgan de las laderas de la ciudad, en busca del colectivo que las baje al centro por calles en carrusel, estrechas y peligrosas, por donde difícilmente se camina.
Cuando llegan al centro, se desplazan a otros barrios a cumplir con sus labores diarias de encargarse de los bebés o los hijos adolescentes de otras mujeres, las ejecutivas, que a su vez acuden a las grandes empresas a cumplir con sus labores de oficinistas, empresarias y muchas otras profesiones. La diferencia entre estas mujeres radica en que las primeras viven en la zozobra, de qué estarán haciendo sus hijos, que carecen de lugares para jugar o aprender algún oficio, estando además a la deriva.

Uno aprende a hacer lo que ve hacer a las figuras cercanas, es así como se puede aprender un arte, o se aprende a reproducir la pobreza y a ejercer los oficios que los padres ejercen, sin desconocer que cada quien también pone su grano de arenan para construir lo que sueña. No obstante, a la gran mayoría de estas mujeres les queda difícil construir un sueño, pues  un gran número de ellas, son empleadas domésticas, trabajan por días o tienen sus pequeños toldos de frutas en el centro, venden minutos o ejercen la prostitución. Lo que nos permite deducir, que las oportunidades de acceder a la educación secundaria o superior son poco probables, en contraste con otros sectores poblacionales.

Estas madres, cabeza de familia, con varios hijos por alimentar, un padre ausente o un padrastro, terminan siendo las supermadres que no alcanzan a cumplir las funciones con sus hijos, porque ya lo hacen con hijos ajenos y llegan agotadas a continuar las labores en casa, a ingeniárselas para estirar los tres pesos que ganan. Y alguien podría decir que este es un cuadro melancólico de la realidad del país. Y yo diría sí, y agregaría, esa es la realidad. Mujeres con oficios humildes, porque también hay otras que trabajen en fábricas. Todas ellas con baja remuneración. Estas son las opciones que el mercado laboral les ofrece.   

Mujeres, a las que les daría el calificativo de “Heroínas de la vida diaria”, invocan historias, experiencias duras, otras bellas; habitantes de las comunas de la periferia, adolecen de escenarios deportivos, de calles amplias para caminar, de teatros, de eventos grandes que las pongan en contacto, a ellas y a sus hijos, con la cultura. La cultura como una opción  para tramitar una parte de la agresión, otras alternativas distintas a las armas.    
Las posibilidades de mejorar su calidad de vida son mínimas, pero esto no es una regla inamovible, a grandes hombres y mujeres, la violencia y la miseria no los ha detenido. Cada ser humano tiene una respuesta particular, de sobreponerse o sucumbir a los sucesos que marcan su vida.
Uno podría creer que estas mujeres apenas tienen energía para continuar sus labores en casa, sin embargo, cuando vemos la vitalidad que tienen, aún las de sesenta años, nos toca aceptar que nuestra percepción está viciada y que muchas de ellas quieren cualificarse.

El Estado, los políticos, los grupos que se adueñas de estos territorios y que mueven grandes capitales económicos son responsables del bienestar de estas comunas, que requieren de inversiones en infraestructura, de desarrollo urbanístico, aunque estas palabras puedan causar gracia a algunas personas, o será qué el desarrollo solo es posible en lugares privilegiados. Dónde queda una mejor calidad de vida para todos. Y a nosotros, como sociedad civil, también nos compete interrogarnos sobre nuestro compromiso con estas comunidades.


La participación que cada quien haga desde sus saberes, la podemos llamar responsabilidad social. Muchos grupos de artistas, trabajadores sociales, psicólogos, otros profesionales y corporaciones, hacen su apuesta en estas comunas, visualizando en las mujeres un espíritu abierto, creativo y aguerrido, a pesar de situaciones extremas a las que se enfrentan. La respuesta de ellas frente a la intervención social y ante las manifestaciones artísticas que se promueven, casi siempre, es de acogida y de lealtad con esos hombres y mujeres que creen en ellas. 

   
La escuela busca a la mujer adulta

Todo lo dicho, anteriormente, no es en vano. Algunos podrían pensar que las mujeres de las comunas de la periferia, no les interesa educarse. A lo mejor muchas no tengan interés en aprender, pero también las hay que le apuestan a la educación. No quiero dejar pasar por alto el contacto que tuve con las mujeres de la Comuna Ocho y otras comunas periféricas de la ciudad de Medellín. Para demostrar que en estas comunas se puede despertar el interés por el mundo del conocimiento y el arte.

En muchas ocasiones, he realizado talleres y asesorías psicológicas en distintas comunas, pero la experiencia con las mujeres del programa La escuela busca a la mujer adulta, a finales de 2013, marcó la diferencia. Fue cuando me dije que los seres humanos somos de discursos frente a lo que acontece en la realidad colombiana, porque otra cosa es vivir al límite del horror, del hambre, de lo tragicómico; pero en estas mujeres  también está la risa y la espontaneidad.
Y es en pleno corazón de la Comuna Ocho, que a pesar de los encuentros y desencuentros existenciales, del laberinto de las angustias y la subsistencia, estas mujeres construyen un tejido colectivo y se movilizan en torno a su propio crecimiento. Ellas, con hijos crecidos, nietos o niños pequeños, disponen de los fines de semana (sábados y domingos, de siete de la mañana a cinco de la tarde) para aprender a leer y escribir e insisten, aunque les cueste lágrimas; en un objetivo claro, terminar el bachillerato.    

El programa La Escuela busca a la mujer adulta, es interesante porque los niños de estas madres, también asisten los sábados y domingos. Para ellos hay una jardinera que cumple sus funciones, mientras en otras aulas ellas reciben clases. Pero este año no hubo más ayuda y los niños no pudieron acudir. Tampoco hubo refrigerios y almuerzos, los talleres de asesorías psicológicas y jurídicas. Aun así, las mujeres siguieron asistiendo, no todas, porque no tenían quien cuidara a sus hijos, alguien de confianza, porque el abuso sexual de menores es frecuente, muchas de ellas también han sido abusadas sexualmente. Solo a comienzos del mes de agosto, la Alcaldía de Medellín, a través de la Secretaría de las Mujeres, contrató como operador a La Escuela Empresarial de Educación, la cual viene cubriendo estos ítems, fundamentales en el fortalecimiento efectivo de los procesos educativos. De ahí la importancia de contar desde el comienzo de año con toda la infraestructura logística y de profesionales que requiere el programa.


Para las mujeres el programa de educación La escuela busca a la mujer adulta,  que se desarrolla en las comunas 4, 6, 8, 60 y 70 de Medellín, que lidera la Corporación Cedecis, desde hace muchos años, les ha brindado momentos de alegría, a más o menos seiscientas o setecientas mujeres que se matriculan cada semestre y que pueden compartir con otras mujeres un interés común, el estudio. Aguardan el fin de semana con emoción, porque sienten que hay un espacio para ellas, siendo acogidas por lo que son, estableciendo grupos de estudio y de solidaridad, y cuando las fuerzas desfallecen y el dolor y el luto se vuelven cotidianidad, ellas están ahí para acompañarse o para ayudar cuando un tema explicado por el docente no es entendido.

Tuve la oportunidad de trabajar con ellas en talleres y asesorías psicológicas. También les leí poesía a más de 190 mujeres en la Comuna Ocho, al igual que en las otras comunas que hacen parte del programa. Antes habían tenido un acercamiento a la escritura como una manera de resignificar el cuerpo y sus experiencias a través del proyecto La letra con amor fluye, el cual era liderado por la poeta, lamentablemente fallecida, Piedad Morales. Con este proyecto las mujeres se atrevieron a escribir sus historias o las de alguna vecina, como una manera de exorcizar los fantasmas que las rondan.


  

Sabiendo de antemano, que a ellas les gustaba que les leyeran poesía, aproveché, a finales del 2013, la oportunidad de llevarles a algunos poetas. En esos días se estaba realizando un encuentro de Edita en el municipio de Envigado, y conociendo la capacidad receptiva de estas mujeres para la poesía, me atreví a invitar a dos poetas españoles que vinieron al encuentro: Uberto Stabile, organizador de Edita, e Inma Luna. Los invité a subir loma arriba, hasta el colegio Joaquín Vallejo, a compartir con las mujeres del programa su poesía. Les aseguré que pocas veces uno se encuentra con un público tan maravilloso a la hora de hacer una lectura. Me constaba, y ellos creyeron en lo que les decía.



Yo estaba convencida de que sería un encuentro afortunado para las mujeres como para los poetas. Porque cuando la escritura explora ese mundo subterráneo de extravíos y dudas, de alegrías y angustias, siempre los hombres y mujeres estarán dispuestos a escuchar eso que resuena del otro y se hace propio. Ernesto Sábato en el Escritor y sus fantasmas hace referencia a Dostoievski y argumenta que cualquier tipo de arte, que devele el yo, conmueve el corazón de los hombres, los desnuda, los pone en evidencia. El arte, prosigue él, exorciza los demonios enclaustrados en el abismo para hacer catártico ese momento de impotencia que se retrata y va más allá, agregando que en las obsesiones, parecidas a la de los lectores, vivifica sus desvaríos.

Un país lector es posible

No soy ilusa para creer que el arte transforma el mundo, pero sí me es claro que todo ser humano necesita asirse a algo que lo nombre, que lo haga vibrar. Y cualquier manifestación del arte deja entrever un mundo alterno a la violencia que alimenta los barrios, porque necesitamos pertenecer a algo que nos dé identidad, un lugar en el mundo. Buscamos puntos de contacto con los otros, y el arte favorece esa necesidad de aceptación y camaradería. El arte ficciona la realidad o la ficción nombra lo siniestro o lo hermoso del mundo, la otra alternativa que queda para los jóvenes en los barrios son las armas…
Por eso, acercar a estas mujeres a la poesía se convirtió en un lugar para el asombro de los poetas que estuvieron allí. Estas mujeres, entre 16 y 60 años, siguieron la lectura sin apartar los ojos de ellos. Veían sus vidas reflejadas en los poemas, esas eran sus vidas, trenzadas por otras manos, como si no supieran que ellas mismas podían tejer en su propia rueca los sueños. Ni un suspiro se escuchaba mientras ellos leían. Algunas mujeres leyeron sus propios poemas, se atrevieron a hacer preguntas, otras pidieron la dirección de Facebook y que les dejaran algunos de sus libros.



Después de la lectura, los poetas se miraban conmovidos, el mismo Jairo Trujillo, director de la revista virtual Gotas de tinta, que nos acompañó, nos miraba sorprendido. Ellas no querían que se fueran, pedían continuar con la lectura. Fue un momento de catarsis, el nombrarse dolores y desgarramientos interiores iguales a los de ellas, los poemas nombraban lo que sentían. La emoción se tomó el improvisado escenario de un aula de clase. Se tuvieron que conformar dos grupos, dos lecturas. Ellos no esperaban un público tan genuino y especial.

Entonces, será qué en Colombia es posible un público lector, será qué es necesario familiarizar a la población general con la poesía, con el cuento y con las demás manifestaciones artísticas. Crear teatros, auditorios, grandes escenarios deportivos, eventos cuyo centro de acción sean las comunas y no actividades alternas a un evento central que se hace en los lugares de siempre y a los cuales no pueden desplazarse los habitantes de estos barrios.
Pero el arte no es suficiente para cerrar la brecha gigantesca entre riqueza y pobreza, entre oportunidades de futuro o no, entre salarios y actividades económicas. Es fundamental ofrecerles capacitación en diferentes campos para mejorar sus condiciones de vida, opciones laborales que contribuyan a una vida más digna, en otras palabras, se necesita de Educación, pero también de Asesoría psicológica, en una sociedad azotada por la violencia y que está en la búsqueda de la paz. Sin embargo, no podemos ser soñadores y creer en la utopía de que todo es posible, que la transformación de la sociedad puede hacerse de manera rápida.

Esto también va para los profesionales de las ciencias sociales, que se muestran decepcionados y hasta con altos grados de angustia, cuando las comunidades no responden a sus esfuerzos. Hay que entender que el deseo de los individuos de una comunidad potencia los procesos, y más si se generan empatías con los que lideran los proyectos. Igualmente, hay que entender que las maneras de gozar de las personas, el sufrimiento que se hace una manera de existir limitan los procesos.

Teniendo en cuenta esta complejidad de lo humano, Uberto Stabile y yo, pensamos que los artistas deberíamos tomarnos las comunas, sensibilizarlas en torno al arte. Se nos hizo urgente un derrotero que no se quedara solo en esas lecturas poéticas que hicimos. Nos urgía pensar en una propuesta permanente. Entonces, me propuso hacer una convocatoria a nivel mundial, de solidaridad con estas mujeres, para que les llegara una postal, proyecto que denominamos Arte correo Medellín. Igualmente, queríamos realizar un festival en pleno corazón de la Comuna Ocho, inicialmente, luego en otras, pero este proyecto por muchas circunstancias no fue posible realizar, esperamos que los vientos sean propicios en otro momento.

Les comparto algunas de las postales que nos llegaron de varios lugares del mundo: España, Brasil, Portugal, Colombia. Postales de solidaridad, animando a las mujeres en su deseo de aprender a leer y escribir, terminar su bachillerato y aspirar, luego, a la capacitación en algún oficio. Ahí van algunas de ellas y algunas y fotos de la lectura de poemas.